“ … además tengo que devolverte las llaves de tu casa …” dijo.
No sé cual fue la primera llave que tuve. Debe haber sido la de algún diario íntimo en 1986 cuando aprendí a escribir y necesitaba contar que estaba enamorada de PEDRO LUIS GONZALES, el hijo del carnicero del barrio. Después habré tenido la de la puerta de mi casa, la del candado de la bici, la del portón para entrar por atrás.
En una relación amorosa el recorrido de las llaves es exactamente como el ir y venir de los sentimientos, toma y devolución de confianza. Existen dos niveles de aproximación. Primero la entrega de la llave de abajo, que incluso puede llegar a confundirse con la fiaca de bajar a abrir (acceso a las áreas semipúblicas del edificio, léase hall-ascensor-palier-estacionamiento). Unos meses más tarde viene la LLAVE de arriba, la del departamento propiamente dicho (usá mis cosas, llegá antes que yo, cae de sorpresa en cualquier momento, mi casa es tuya).
Cuando te separás (siempre terminan las relaciones) nada más simbólico que la devolución de llaves. Es un andate rápido que quiero cerrar la puerta atrás tuyo antes de ponerme a llorar y tragarme este juego que me sobra, que hace ruido.
Ah, tengo que bajar a abrirte.
