Era una de esas vacaciones eternas de un verano cualquiera, yo tenía unos cinco años y mi papá recibió de un extraño una carta manuscrita y un mapa, ambos rotosos. Estaba firmada por un tal Tom Morris, personaje que mi papá había creado para mí, un pirata bonachón y sin parche que había tenido una historia amorosa con mi abuela antes de conocer a mi abuelo, claro está. En la carta nos explicaba que se iba para siempre no recuerdo de dónde hacia dónde y nos dejaba un tesoro enterrado en un lote abandonado cerca de la casa en la que vacacionábamos. Nos explicaba en el mapa cómo llegar y el lugar exacto marcado con una equis roja.
La noche elegida, cargamos una pala en el baúl del auto, llevamos linternas y mi papá usaba un pasamontañas para que “los malos” de quienes Tom nos advertía, no lo reconocieran. Llegamos al lugar y contamos los pasos según las instrucciones. Encontramos bajo tierra y sin dificultad un cofre gigante que cargamos con miedo en el auto y huimos con las luces apagadas y en primera para no hacer ruido. Adentro había dos espadas, cuchillos, anillos, collares, plata vieja y monedas ennegrecidas que dividimos casi equitativamente.
Todavía guardo en el fondo del placar parte del botín: muchos, pero muchos australes camuflados … de esos que se usaban en altamar.